¿QUÉ FALTARÍA PARA QUE LA PAZ Y LA VIDA SEAN SOSTENIBLES EN EL ORIENTE ANTIOQUEÑO? - EL ÁGORA
Hablar de paz en el Oriente antioqueño no puede reducirse al silencio de los fusiles ni a la disminución temporal de la violencia. La paz verdadera se construye cuando las comunidades pueden vivir con dignidad, permanecer en sus territorios y proyectar su futuro sin miedo. En una región marcada por el conflicto armado, el desplazamiento y las desigualdades históricas, la sostenibilidad de la vida sigue siendo un desafío urgente y colectivo.
El Oriente antioqueño ha demostrado gran capacidad de resistencia. Sus comunidades, organizaciones sociales y procesos culturales han defendido el territorio, incluso en los momentos más difíciles. Sin embargo, aún persisten profundas brechas que impiden consolidar una paz sostenible.
Lo primero que hace falta, en mi humilde juicio, es garantizar condiciones reales de justicia social. No puede haber paz donde el acceso a la tierra sigue siendo desigual, donde miles de familias rurales carecen de vías dignas, salud o educación de calidad, y donde el trabajo campesino continúa siendo invisibilizado. La paz necesita inversión pública, pero también voluntad política para reconocer al campesinado como sujeto fundamental del desarrollo territorial.
Igualmente, es indispensable fortalecer la participación comunitaria. Muchas decisiones sobre el uso del suelo y la infraestructura siguen tomándose sin escuchar plenamente a las comunidades. La sostenibilidad de la vida exige que los territorios sean pensados desde quienes los habitan, y no únicamente desde intereses económicos externos. Escuchar a las comunidades y a sus organizaciones sociales no debe ser un gesto simbólico, es una condición para construir legitimidad y confianza.
Otro aspecto fundamental es el cuidado de la “Casa Común”. La subregión posee una riqueza hídrica y ecológica invaluable, pero enfrenta desafíos derivados de la urbanización descontrolada, la contaminación y algunos modelos de desarrollo que priorizan la rentabilidad sobre la protección de los ecosistemas. Defender el agua, los bosques y la soberanía alimentaria es también defender la vida y prevenir nuevas conflictividades.
La paz sostenible requiere, además, oportunidades reales para las nuevas generaciones. Muchos jóvenes crecen entre la falta de empleo, el acceso limitado a la educación superior y la ausencia de espacios culturales y deportivos. Cuando un territorio no ofrece futuro, aumenta el riesgo de que la violencia vuelva a ocupar el lugar que deja el abandono estatal. Apostarle a la juventud es apostarle a una paz que perdure.
Finalmente, hace falta memoria. Un pueblo que olvida la historia está condenado a repetirla. El Oriente antioqueño necesita seguir dignificando a las víctimas, fortaleciendo los procesos de verdad y promoviendo escenarios de reconciliación. La memoria no es mantener una herida abierta, es una herramienta ética para que el dolor de lo vivido no vuelva a convertirse en destino.
La vida y la paz serán sostenibles en el Oriente antioqueño cuando el desarrollo deje de medirse únicamente con cifras económicas y empiece a medirse desde el bienestar colectivo, el equilibrio ambiental, la justicia social y la dignidad humana. La tarea no corresponde solo al Estado: involucra a toda la sociedad. Porque construir cultura de paz no es un evento aislado, sino un compromiso diario con el cuidado del territorio y de quienes lo habitamos.
Pbro. Oscar David Maya Montoya
Blog Colegio Altos Estudios de Quirama






