EL DÍA QUE EL LÍDER SE CAYÓ DE LA CAMA - EL ÁGORA
Hay un conocido refrán que dice “o todos en la cama, o todos en el suelo”. En el liderazgo, suele usarse para invitar a las personas a ir “en el mismo barco”, a acompañarse, o solidarizarse con alguna vivencia en particular. O a todos les va bien, o a ninguno le va bien. O todos vamos, o ninguno va. O hay para todos, o no hay para nadie.
Si bien el sentido colectivo y la visión compartida son importantes para caminar juntos hacia un mismo horizonte, eso no significa que la experiencia sea igual para todos, corriendo el riesgo de perder la riqueza que la diversidad trae a los sistemas.
Pretender que los equipos de trabajo compartan un mismo sentir es un propósito loable y bien intencionado por parte del líder. Sin embargo, que levante la mano el que lo logró. Tal vez, en un momento emotivo, las personas expresen sentirse comprometidas y permeadas por un propósito común…; y, al otro día, cada uno sigue mirando sus propios intereses y necesidades. Aunque en la teoría suene bonito, en la práctica no es posible —o por lo menos yo no lo he visto—, que todos pensemos y sintamos lo mismo, a no ser que estemos bajo una ideología tan fuerte, que nuestra voluntad quede doblegada a su servicio, sin posibilidad de que se exprese la diferencia y sacrificando la autenticidad.
Como líderes, hablamos de la importancia de la diversidad, mientras nuestras acciones premian la uniformidad de pensamiento y acción. Reconozcámoslo: ¡nos cuesta lo distinto!
No nos gusta lo que no se ajusta a nuestras expectativas, lo que se sale de lo esperado, lo que cuestiona nuestros criterios de validez. Amonestamos al que nos contradice, al que nos cuestiona. Decimos que nos esforzamos para que nuestros equipos sean responsables, se autogestionen…, siempre y cuando no se salgan de los parámetros que les hemos dado, es decir, que obedezcan.
De esta manera, vamos cerrando los sistemas que lideramos, alejándolos de otros sistemas (áreas, equipos, empresas…), alimentando los silos y la idea de que, para sobrevivir, no se puede compartir información ni colaborar con otros.
Para Briggs y Peat, en su libro Las siete leyes del caos, esto se conoce como sistemas de ciclo límite. Dichos sistemas “son aquellos que se aíslan del flujo exterior porque una gran parte de su energía interna está dedicada a resistirse al cambio y a la perpetuación relativamente mecánica de los modelos de conducta. Para sobrevivir en sistemas tan rígidos y cerrados, todos deben ceder un poco —o a veces mucho— de su individualidad subsumiéndose en un automatismo”. Y agregan: “Los ciclos límite son los sistemas que nos hacen sentir impotentes: los queremos cambiar, pero no podemos, porque parecen resistirse a todos nuestros esfuerzos por conseguirlo”.
De esta manera, no es posible el cambio cultural, aunque lo deseemos y lo declaremos en todas las reuniones, porque nuestros sistemas siguen protegiéndose del “exterior”, blindándose de que, en un mismo espacio, convivan sentires y pensares diferentes que puedan enriquecer la conversación, mirar de frente los temas incómodos y llegar a acuerdos en la acción, aunque no todos estén en la misma cama.
Qué interesante sería que la sabiduría colectiva apareciera en los equipos, precisamente porque estamos en lugares y barcos diferentes, mirando hacia el mismo horizonte. Que entre todos nos apoyemos de forma que, cuando unos estén en la cama, y otros en el suelo, ambos puedan acompañarse, sostenerse, comprender los ciclos, abrirse a otros equipos y personas, para enriquecer la forma de mirar y conectar con las posibilidades.
Volviendo a nuestro párrafo inicial, ¿qué tal si estar todos en la cama tiene que ver más con generar espacios donde podamos aparecer de manera auténtica, como seres humanos que somos y que deseamos contribuir, y no con una invitación a que todos hagan lo mismo y estén en el mismo lugar?
El día que el líder se dé cuenta de sus contradicciones, de sus intereses ocultos —muchos inconscientes— detrás de su discurso de apertura a lo nuevo y a lo distinto, cuando lo que realmente espera es que el otro cumpla sus expectativas, es decir, que no sea como es, sino que sea como él quiere que sea, en ese momento será un día para celebrar porque, ese día, el líder se cayó de la cama.
Gloria Lucía Cano Restrepo - Gcano@espaciorelacional.com
Blog Colegio Altos Estudios de Quirama






