EL ÁGORA L&S Enero
January 9, 2026
¿Qué podemos esperar de 2026?

Es la pregunta que ronda titulares, textos de analistas y hasta conversaciones cotidianas.
Es apenas natural: las expectativas se magnifican en épocas de incertidumbre. Y, si algo es lo primero que podemos esperar de este año, que recién comienza, es incertidumbre.
The Economist, quizás el mejor oráculo disponible en materia socioeconómica global, acaba de publicar su reporte The World Ahead 2026
(Ver ACÁ
y ACÁ),
que concreta en 10 sus pronósticos para este año. De ellos, solo uno podría considerarse positivo; los restantes configuran un panorama francamente negativo o, cuando menos, incierto. De suerte que la decisión más pragmática y urgente es apertrecharnos de buenas capacidades para gestionar la adversidad y la incertidumbre. Es lo que yo denominaría un optimismo pragmático y realista. Veamos estos pronósticos:
1 -
“Dominio persistente” de la agenda del señor Trump,
con sus connotaciones de creciente polarización interna y de transaccionalidad agresiva en lo externo, con Latinoamérica aportando la mayor cuota de sacrificio.
2 - Nuevas reglas en la geopolítica global,
con énfasis en las alianzas flexibles, puntuales y de corto plazo, con debilitamiento del multilateralismo y sin visiones poderosas de largo plazo.
3 - Conflictos armados y tensiones internacionales,
con guerras convencionales en Ucrania, Sudán y Myanmar; guerras comerciales entre EE. UU., Rusia y China, y tensiones en el Ártico, el espacio y el ciberespacio.
4 - Europa bajo presión multifacética,
que la ha obligado al rearme, bajo la sombra de una frágil alianza con EE. UU., tensiones con China y guerra no declarada y no convencional con Rusia.
5 - China aprovechando las oportunidades,
ampliando su influencia en el sur global, bajo negociaciones comerciales y de inversión en frentes estratégicos, mediante una muy refinada diplomacia de socio confiable.
6 - Riesgos económicos e inestabilidad de los mercados,
derivados de las trabas y cargas arancelarias, el excesivo endeudamiento público, el alto riesgo fiscal y la impredecibilidad de las decisiones del señor Trump.
7 - Inteligencia artificial como motor y como riesgo
del desarrollo,
por el peligro de una burbuja como las “punto com”, la excesiva concentración de la riqueza y el consiguiente riesgo social.
8 - Cambio climático con sus imposibles y ausencias,
que ya ven inalcanzables las metas del Acuerdo de París, agravado por la manifiesta hostilidad hacia las energías renovables, con la curiosa excepción de una potencial revolución geotérmica en gestación.
9 - Deporte y debates sobre el rendimiento,
no solo por las tensiones que sirven de piso a la Copa Mundial de Fútbol, sino por la llegada de los Enhanced Games, que permitirán el uso legal de sustancias ilegales hasta hoy.
10 - “Revolución” en salud, acompañada de nuevos desafíos éticos,
por la llegada de nuevos fármacos como el GLP-1 contra la obe sidad y la aparición de nuevos riesgos asociados a la edición genética y la robotización de la atención en salud.
No es, pues, alarmista el resumen que hace The Economist: 2026 va a ser un año negro, “uno de crisis financiera y geopolítica, más guerra, y grandes cambios en muchos frentes”, en el que “la resiliencia de la economía mundial pende de un hilo”.
Ante estas crudas realidades, recurrimos a las conocidas recetas de la resiliencia y la gestión de la incertidumbre. Pero mucho me temo que estamos ante algo más profundo que requerirá nuevas recetas. Por ello, dejo unos interrogantes finales, a modo de hipótesis de futuro. ¿Acaso estamos viendo el crescendo que precede a toda gran inflexión de la historia, como ya ha ocurrido infinidad de veces? ¿Que lo que verdaderamente tenemos a la vuelta de la esquina es un rediseño del orden socioeconómico global? ¿Y que 2026 es solo el comienzo de una rápida y gran transición? Es mi apuesta personal. Si se confirma, tendremos que aprender que no será posible construir un nuevo orden socioeconómico sin, a la par, desarrollar un nuevo orden de consciencia. Uno tal, que nos permita construir una cultura de paz, equidad y sostenibilidad. Y esta será siempre la mejor apuesta frente a la incertidumbre. Así que ¡hagan sus apuestas!
Ramiro Restrepo González
Boletín Liderazgo y Sostenibilidad
Blog Colegio Altos Estudios de Quirama

La palabra “Buda” proviene del sánscrito budh, que significa despertar o comprender. En el budismo, el despertar es una posibilidad profundamente humana, no un estado sobrenatural reservado a seres excepcionales. Siddhartha Gautama, hace más de 2500 años, alcanzó la iluminación al desarrollar cualidades latentes en cualquier ser humano. El camino que recorrió —y que enseñó durante décadas— traza una ruta que enseña a ver con claridad lo que ya somos, nuestra verdadera naturaleza. El propio Buda resumió su enseñanza en una sola afirmación: dukkha y la superación de dukkha. Aunque suele traducirse como sufrimiento, el término es más amplio y sutil. Dukkha proviene del sánscrito duḥkha y del pali dukkha, y se asocia tradicionalmente a la imagen de una rueda cuyo eje no encaja bien. Cuando el orificio está descentrado, la rueda no gira de forma fluida: vibra, produce fricción y hace que el viaje sea incómodo. De este modo, dukkha describe una vida que no avanza con estabilidad porque nuestra relación con la realidad está fuera de eje.

El Foro Económico Mundial recién publicó su informe The Global Risks Report 2026 (su 21.o edición, descargar ACÁ) . Estos son los diez riesgos mayores a corto plazo (2 años): - Confrontación geoeconómica - Desinformación - Polarización social - Eventos climáticos extremos - Conflictos armados internos - Ciber inseguridad - Inequidad - Erosión de los DDHH y las libertades civiles - Contaminación - Migración y desplazamiento forzados Frente a este complejo panorama, las recomendaciones son: - Foco en asegurar el corto plazo - Recomponer alianzas - Resiliencia

“Si el calentamiento continúa a la misma tasa de los últimos 30 años, el globo podría estar en aproximadamente +1,5 ºC hacia el final de esta década”. Recordemos que el Acuerdo de París fijó una meta de “mantener el incremento global de temperatura bien por debajo de +2,0 ºC por encima de los niveles preindustriales y haciendo esfuerzos para limitar el incremento de temperatura en +1,5 ºC por encima de los límites preindustriales”. Pero seguimos soportando el peso del negacionismo y de los intereses involucrados frente a una transición justa y rápida.

“Los fracasos de la última década son, en gran medida, resultado del fracaso en la gestión de la desigualdad extrema, es decir, de la decisión de dar prioridad a los intereses privados frente al bien público. El ODS n.º 10, relativo a la reducción de la desigualdad, es uno de los objetivos que peores resultados está registrando. Si bien el mundo no ha logrado erradicar la pobreza en la última década, sí que ha sabido crear 1202 milmillonarios nuevos y está en vías de contar con cinco billonarios en una década. Desde 2015, el 1 % más rico ha incrementado su riqueza, como mínimo, en unos 33,9 billones de dólares estadounidenses en términos reales, una cantidad con la que se podría acabar con la pobreza mundial anual más de 22 veces”.

Característica desconcertante del comportamiento ciudadano en Colombia, al momento de ejercer sus derechos en materia política y partidista, es la significativa carencia de lógica y racionalidad que manifiesta. Las decisiones informadas se destacan por su ausencia, es decir, aquellas surgidas del conocimiento autónomo, estructural e histórico, del análisis socioeconómico y cultural, de la reflexión ética sobre el bien común; y, en último término, de la visión tenida acerca del tipo deseado de nación, sociedad, país, Estado y forma de gobierno. A cambio, en forma espontánea se asumen las decisiones emanadas de condiciones emocionales, reacciones primarias, tradiciones familiares, anécdotas circunstanciales, simpatías e intereses personales, ideologías nunca cuestionadas, transacciones comerciales y propaganda. En consecuencia, afloran las contradicciones entre los fines sociales y los intereses particulares; entre la formulación teórica de la Constitución Nacional y la aplicación efectiva de sus principios filosóficos, políticos y de gestión; entre las aspiraciones fundamentales de las comunidades y los grupos de poder instalados en las instituciones del Estado. La democracia ni se entiende ni se aplica, el relacionamiento funcional y la cooperación obligada entre los actores estatales se degrada y corrompe, las instituciones del Estado y el gobierno pierden reconocimiento y legitimidad al percibirse como una supra organización sin responsabilidad frente a la nación; pero, eso sí, muy aplicada al logro de intereses particulares y muy poco al de la satisfacción de las necesidades y los problemas del país. Otros aspectos inquietantes de la práctica política en Colombia, por sus errores implícitos, son procedimentales. El primero, la obligación de formular planes de gobierno solo cuando se ha resultado elegido y no para las campañas electorales, en las cuales apenas se usan estrategias publicitarias y mercantiles a partir de eslóganes vacíos, lo que impide que los electores dispongan de planteamientos serios para el estudio y valoración de alternativas estructurales y de largo aliento para el país. La segunda, la carencia de partidos y movimientos de verdadera oposición programática, que resulten ser convincentes y viables, o que se encuentren enraizados en las más profundas necesidades de la sociedad. En diciembre de 1943, el gran colombiano Hernando Agudelo Villa advertía lo siguiente: “La democracia colombiana adolece de vicios disolventes: la indefinición de sus partidos, que carecen de plataformas de acción concretas y definidas, y la carencia de organismos técnicos de ejecución que conviertan la especulación en hechos y realidades” (p. 401) . Muchos colombianos desconocen que la democracia no es solo una forma de gobierno o de alternancia periódica de partidos políticos y funcionarios en el ejercicio del poder; que es mucho más: la forma cultural, por excelencia, de organización y convivencia razonable de una nación; al menos, así se ha buscado que sea en el mundo occidental y en otras latitudes. Colombia, cuya nación es pluriétnica y multicultural, tiene una razón de más para apreciar y valorar la democracia como mecanismo jurídico de organización social, de gobierno, regulación y administración, responsable de facilitar y tramitar la necesaria conciliación de visiones culturales, territoriales, e intereses diferentes entre particulares, en función del bien común, la solidaridad, el bienestar, la libertad, la justicia y la paz. Una de las más grandes creaciones culturales de la civilización humana ha sido el ideal de la democracia, y uno de sus mayores propósitos el de vivir en democracia. Ese ideal, imaginado en sus orígenes por los antiguos griegos como “vida buena y justa”, se ha desarrollado y configurado paulatinamente a través de convulsos, desgarradores y transformadores movimientos sociales acaecidos en diferentes latitudes del planeta.

La atención es una competencia esencial para el desarrollo humano y el liderazgo auténtico. Más que un acto mental, representa una forma de presencia consciente, que permite percibir la realidad con claridad, ir más allá de las apariencias y acceder a una comprensión profunda de lo que sucede dentro y fuera de nosotros. La evolución personal no ocurre por acumulación de conocimiento ni por simple voluntad de cambio, sino por la capacidad de comprender. Cuando la atención falta, aparece la incomprensión: se mira sin ver, se actúa sin entender y se repiten patrones conocidos que sostienen el estancamiento. El confort se convierte entonces en una trampa silenciosa que limita la apertura, endurece la mirada y reduce la posibilidad de transformación. Atender implica detener el automatismo, silenciar el ruido interno y desarrollar una mirada más sensible y penetrante. Desde esa presencia, emerge la comprensión y, con ella, la posibilidad real de cambio. La atención amplía la consciencia, fortalece el autoconocimiento y permite reconocer el propio propósito, configurando la base del poder interior desde el cual surge un liderazgo genuino. El liderazgo auténtico no se impone; se expresa, como consecuencia natural de una persona que sabe observar, comprender y actuar con claridad. Quien cultiva la atención aprende a ver más allá de las formas y a responder de manera creativa y responsable a la complejidad de la realidad. Al mismo tiempo, la atención revela la interdependencia humana. Favorece la empatía, la escucha y el cuidado mutuo, fortaleciendo la calidad de las relaciones y el tejido humano que sostienen toda comunidad. En ese sentido, atender no solo transforma al individuo, sino que une y humaniza los espacios compartidos. Cultivar la atención es, en última instancia, una decisión estratégica y profundamente humana: permite pasar de la reacción a la comprensión, de la repetición a la creación, y del liderazgo basado en el control al liderazgo que nace de la presencia y de la consciencia despierta. Para cultivar nuestra atención, ofrecemos a continuación unas referencias bibliográficas que fortalecerán nuestro poder interior, ayudando a la efectividad en nuestro liderazgo.
